
Desde hace años cultivo una afición muy personal: entrenar Jiu Jitsu en los países a los que viajo. Más allá de la parte técnica, lo que busco es conocer a la comunidad local, su forma de entrenar y, sobre todo, la calidad humana que rodea a este arte. Esta vez, el destino fue Etiopía.
El BJJ no está presente en todos los rincones del mundo. En Europa, por ejemplo, crece a pasos agigantados; en Barcelona prácticamente abre una nueva academia cada mes.
En Etiopía, en cambio, la historia es distinta: actualmente hay apenas cuatro academias y el cinturón más alto que se ha alcanzado hasta ahora es un marrón. Las artes marciales que tradicionalmente han tenido más peso en el país son el karate, el taekwondo y el judo, mientras que la gran disciplina nacional siempre ha sido el atletismo.
Sin embargo, bajo el lema “Bow Before No Man” -“nunca te arrodilles”-, el Jiu Jitsu echó raíces también aquí. El responsable fue el estadounidense Colin Stewart, cinturón negro cuarto grado, que vivió en Etiopía durante varios años. En su libro coral Bow Before No Man, relata cómo fue aquel proceso: difícil, con pocos recursos, pero sostenido por la disciplina, la ayuda exterior y la fuerza de una comunidad de alumnos comprometidos.

De ese esfuerzo inicial nacieron varias academias, y tuve la suerte de entrenar en dos de ellas. La primera fue Kao BJJ, dirigida por Yared (a quien no llegué a conocer en persona). La segunda, Guardian Ethiopia, un proyecto social liderado por Leyk, inspirado en las academias Guardian que desarrollan programas sociales de BJJ en distintos países, como Perú.
La historia reciente del BJJ en Etiopía también tiene un capítulo curioso: hace apenas unos meses Craig Jones y su equipo pasaron por aquí, dieron seminarios y donaron material deportivo. Recuerdo la sorpresa que me llevé al ver el CJI 2 mientras viajaba por Etiopía: ¡Craig Jones estaba en Jinka unos meses antes que yo!
Mi primera visita fue a Kao BJJ, un miércoles en vísperas del Año Nuevo etíope, que entraban a 2018. Por eso el grupo era reducido: apenas siete contando conmigo. Aun así, la experiencia fue fantástica. Compartí algunas técnicas de guardia abierta, rodé con todos y disfruté de su hospitalidad. Una anécdota que me llamó la atención fue cuando me explicaron: “Entrenamos pocas llaves de pierna porque el sistema sanitario es pésimo”. Una frase que resume la fragilidad del contexto.

La segunda visita fue al Guardian Ethiopia. Allí me recibió Leyk, un tipo enrollado, amable y duro al mismo tiempo. Impartí una clase sobre ataques desde el front head lock, rodé con ellos y, al finalizar, Leyk me regaló un ejemplar de Bow Before No Man. Ese libro lo doné después a mi escuela, Badalona Jiu Jitsu, aunque más tarde me compré otro que guardo con cariño en mi biblioteca personal.
Lo que más me marcó de estas experiencias no fue solo el tatami o el sparring, sino ver cómo se las ingenian para entrenar a pesar de la falta de recursos. El tatami de Kao, por ejemplo, fue donado por la embajada japonesa y lucía en la pared un retrato de Jigoro Kano. Los de Guardian, según entendí, fueron donados por Craig Jones y compañía.

Al final, el crecimiento del BJJ no depende únicamente de la popularidad o del proselitismo de sus practicantes. Su fuerza está en la capacidad de transformar vidas: la de un chaval de la calle que encuentra un camino o la de una chica que aprende a defenderse. El Jiu Jitsu se adapta a quien lo practica, y en Etiopía comprobé una vez más que, incluso en contextos difíciles, puede florecer con una intensidad única.

