Otro año más en ReRolas, la Maratón de BJJ (2026)

El Maratón ReRolas celebró su cuarta edición en Constantí (Tarragona) el 7 de febrero de 2026 y reunió a jiujitseros de toda España.
Las 300 entradas se agotaron en 12 días y el evento ganó visibilidad con la presencia de figuras como César Alonso, Pablo Villaret o Gaps.
La jornada confirma el crecimiento del BJJ en España, que ya podría rondar los 20.000 practicantes.

El despertador sonó a las 5:30. Me levanté, me vestí y quedé con mis compañeros de Badalona Jiu Jitsu. Nos esperaba una hora y cuarto de trayecto hasta Constantí, un pueblo cercano a Tarragona, donde se celebraba el Maratón ReRolas. El madrugón lo justificaba.

Aparecimos sobre las 7:45, aún con la oscuridad de la noche, tomamos un café y el ambiente empezó a cuajar: los jiujitseros de todas partes de España (Canarias, Aragón, Valencia, País Vasco, etc.) iban llegando al polideportivo. Recogimos nuestra camiseta, nos cambiamos y entramos al gigantesco tatami.

Este año el ReRolas había mejorado en cuanto a números: las entradas —un total de 300— se agotaron en doce días y, como novedad principal, contana con la presencia de algunos influencers del deporte, como César Alonso —con quien pude luchar—, Pablo Villaret o Gaps, entre otros.

Es curioso ver cómo ha crecido la comunidad del BJJ en apenas dos años, y cómo el surgimiento de figuras públicas está ayudando. Con ellos llegaron las cámaras, los trípodes, las stories, y el ReRolas tuvo una apariencia más festiva y profesional, sumada al esfuerzo de los organizadores, que lo mejoran en cada edición.

Esta era mi segunda participación; sobre la primera podéis encontrar aquí, donde doy más detalles técnicos del funcionamiento. Pero vamos a resumirlo: la maratón se basa en hacer combates de baja intensidad sin parar, con descansos de dos minutos. El objetivo último es llegar a la medalla de platino (50 combates), pero si llegabas a 25 ya obtenías un bronce. Este año me quedé en 38: plata. A mitad de camino empezó el dolor en las rodillas, puro roce acumulado, por lo que acabé desertando. Mis compañeros de equipo, en cambio, llegaron a las 50 rolas.

Y es que el ReRolas tiene algo epifánico, ya que rolar tras rolar te hace entrar en una especie de trance (pensadlo: casi seis horas luchando con desconocidos; en mi caso, cuatro). ¿Qué haces durante ese rato? ¿Luchas? ¿Reflexionas? ¿La mente se queda en blanco? ¿Experimentas nuevas técnicas? Un poco de todo, creo yo. Tiene algo de sadomasoquista, sí, pero también algo de estoico: ponerse una y otra vez al límite.

Las rolas siempre fueron muy agradables, y seguí la misma estrategia que el año pasado: flotar —un chico me dijo: “cómo flotas”—, dejando caer mi peso, haciendo kneecuts, side smashes, esposas daguestaníes. Como anécdotas: rodé con un hombre que me dijo “no pareces un cinturón negro”, que naturalmente me lo tomé como un halago. Y rodé contra el Pirata, el showman del evento, que con su gi de flores hawaianas y sus gritos teatrales desplegaba —lo que yo llamo— triquiñuelas de perro viejo: ataques a destiempo, cambios raros, el ‘antijuego’ del que él mismo presume. Y remató: «A mis 55 años, esto es lo que debo hacer».

¿Qué significa ser cinturón negro?

Si el año pasado el ReRolas me sirvió para confirmar mis diez años de BJJ y mi consolidación como cinturón negro, este me sirvió para otra cosa: entender qué significa serlo y qué papel te toca jugar. ¿Profesor? ¿Divulgador? ¿Referente para los que empiezan? En la vida adulta, sostener este estilo de vida se vuelve más difícil: pesan las obligaciones, el tiempo, las lesiones; la gente forma familias, se muda, se desmotiva…

Ser cinturón negro puede hacerte replantearte tu lugar en este arte. Hablé de eso con Pedro, de BloodBrothers, y me dijo que él también atravesó una pequeña crisis en sus primeros años de negro.

Vuelvo a repetir la pregunta: ¿qué nos hace, a los que llevamos ya bastante tiempo, querer seguir entrenando? ¿Por qué no me paso al yoga o a la escalada? Supongo que seré un friki, un amante de la lucha, o simplemente tengo esto integrado en las venas.

A esa pregunta identitaria se le suma otra, más terrenal y cada vez más inevitable: la del trabajo. Porque el BJJ ya no es solo una práctica marcial o un estilo de vida, sino un campo que empieza a profesionalizarse. Ser cinturón negro —o cualquiera que se tome el deporte con seriedad— hoy también implica decidir si enseñas, si abres academia, si construyes una marca —una línea de ropa, un canal, unos cursos online—, si buscas patrocinios o pequeños curros vinculados al deporte.

El mercado crece, la comunidad se amplía y, con ella, la posibilidad —todavía frágil, todavía precaria— de ganarse la vida alrededor del tatami. No es el sueño romántico de los inicios, pero sí una vía nueva que obliga a repensar qué lugar ocupamos dentro de este ecosistema.

Conclusión: da vértigo pensarlo, pero la comunidad crece; ya somos, quizá, alrededor de 20.000 jiujitseros en España, y eventos como ReRolas lo hacen visible y tangible. ¡Seguimos!

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