
Después de 10 años en BJJ, cinturón a través de cinturón, os muestro mi evolución como practicante, como profesor y como ser humano.
| Cinturón | Tiempo |
| Blanco | 1 año y 8 meses (1 de Octubre de 2014) |
| Azul | 2 años y 6 meses y 13 días (1 de Junio de 2016) |
| Morado | 3 años, 4 meses y 24 días (14 de diciembre de 2018) |
| Marrón | 2 años y 4 meses y 27 días (7 de Mayo de 2022) |
| Negro | Ahora (5 de Octubre de 2024) |
Cinturón blanco
Hace aproximadamente diez años tomé mi primera clase de Jiu Jitsu. Hasta ese momento, había conseguido el cinturón azul en Karate, modalidad Shito-Ryu, que había empezado al cumplir los 18 años, pero sentía que me faltaba algo, un desafío que fuera más allá de lo aprendido.
Durante los dos años de Karate, adquirí conocimientos valiosos sobre la tradición japonesa: el respeto hacia el tatami y la disciplina hacia los maestros. Además, mi cuerpo evolucionó, dejando atrás al delgaducho adolescente que solía ser. En mis momentos más lánguidos, llegué a pesar 67 kilos midiendo 1.85m.
Fue entonces cuando una exnovia me habló del Jiu Jitsu, y decidí probar en Esport Rogent, un gimnasio en el Clot, Barcelona, dirigido por Xavi Moya, una leyenda en el deporte catalán. Xavi, tristemente, falleció el 7 de octubre de 2023 en un accidente.
Al entrar al gimnasio, me impresionó el ambiente: un lugar que destilaba una esencia de vieja escuela, con un aire de jungla urbana. El sonido de los sacos de boxeo y las voces de los entrenadores creaban un ambiente duro pero familiar. En una esquina de la segunda planta, estaba el pequeño tatami de Jiu Jitsu donde tendría mi primera clase. Llegué con mi viejo kimono de Karate, casi al borde de romperse en el primer agarre. Salí agotado, respirando con ayuda del ventolín, pero sabía que había encontrado lo que buscaba.
Al día siguiente ya estaba inscrito, listo para pagar los 55 euros mensuales por clases ilimitadas. Me compré mi primer kimono Bruiser blanco y empecé la travesía.

Nacho, cinturón marrón en ese momento, era el instructor jefe. Enseñaba clases de Gi, No Gi y MMA, había tanto horarios por la mañana como por la tarde. Además de Nacho, había un par de cinturones morados, algunos azules, y el resto éramos novatos. Me enganché desde el primer día, y en poco tiempo adopté un ritmo de tres clases por semana. Los primeros meses fueron duros, las palizas, los moratones y los dolores eran constantes, pero no me rendí.
Físicamente, siendo alto, delgado y con piernas largas, comencé a inclinarme hacia un estilo de juego que aprovechaba una guardia abierta, flexible y con ataques de triángulo.
Por aquel entonces, en 2015, siendo un cinturón blanco primerizo, ya había empezado a ver vídeos de Jiu Jitsu, especialmente de highlights, como los recopilatorios que hacía Stuart Cooper de los ADCC o los metamoris. Recuerdo ver combates de Keenan Cornelius y Leandro Lo, ambos mis «referentes» en aquella época. Esta pasión por el BJJ no me había ocurrido en Karate, donde acudía de forma más mecánica y como mucho me inspiraba Lyoto Machida.
Con 21 años y después de 10 meses de práctica, me animé a competir. En mi primera competición, siendo aún cinturón blanco, mi oponente me derribó, y tras tres minutos de lucha, consiguió pasar mi guardia y acabé perdiendo 5-0. A pesar de la derrota, no me desanimé y participé en alguna interclub, donde el resultado fue más satisfactorio.

Llegó el verano y me alejé del tatami durante un mes y medio por viajes, pero en septiembre volví con más determinación. Y así continué hasta el 1 de junio de 2016, cuando, tras un año y ocho meses de perseverancia, recibí mi cinturón azul.

Cinturón azul
El verano del 2016 fue nuevamente un periodo de viajes, y apenas entrené durante otro mes y medio, salvo por un inolvidable entrenamiento en Santiago, Cuba. En una academia de Judo y Jiu Jitsu tradicional, un cinturón negro de Jiu Jitsu japonés me retó a comenzar desde una mala posición, desde el control lateral. Con determinación y algo de astucia, llegué a la montada y logré atraparlo en un triángulo, sellando una victoria simbólica. Agradecí enormemente que me abriesen las puertas en aquel gimnasio, ya que Cuba es conocida por ser una potencia olímpica en Judo.

A diferencia de mis inicios como cinturón blanco, mi tiempo en el cinturón azul fue mucho más variado y, en algunos momentos, agridulce. Mi juego evolucionó, dejando de depender únicamente de la longitud de mis piernas, para incorporar pasajes como knee cuts, toreadas y ataques de kimura que conectaba con transiciones a la espalda. Aunque los triángulos seguían siendo mi finalización predilecta, empecé a desarrollar ataques de llaves de brazos desde varias posiciones, lo que ampliaba mi arsenal.
En 2017, los estudios de mi máster hicieron que mi ritmo de entrenamiento disminuyera considerablemente, ya que solo podía entrenar dos veces por semana durante unos meses. Mi progreso se estancó, y empecé a notar lo que muchos llaman «la platea del cinturón azul», una fase en la que te sientes atrapado y es fácil caer en el desánimo. Sentía que mi técnica no avanzaba, y mi forma física, por la falta de constancia, tampoco era la mejor. A diferencia del cinturón blanco, donde los errores eran más comprensibles, el azul traía más presión: los nuevos practicantes querían probarse contra ti, y las expectativas eran mayores.

Cuando terminé las clases del máster, pude volver a entrenar con regularidad y, aunque salí temporalmente de esa meseta, mi primer torneo como cinturón azul terminó de forma peculiar: tuve que cambiarme de kimono en medio del combate porque el mío tenía un rasguño. Seguidamente, fui sometido con un arco y flecha, una experiencia frustrante, pero que no me desanimó del todo.
Ese verano volví a viajar, pero pude entrenar Jiu Jitsu en Sarajevo (Bosnia), donde me prestaron un kimono y disfruté de una sesión que recuerdo con especial cariño, en una sala dentro de un polideportivo.
Poco después, me mudé a Edimburgo (Escocia) para mejorar mi inglés y buscarme la vida. Allí, aterricé en la legendaria Rick Young Black Belt Academy, dirigida por Rick Young, uno de los pioneros del Jiu Jitsu en el Reino Unido y un maestro en varias disciplinas. Me inscribí en octubre de 2017, con poco dinero en el bolsillo, pero con la certeza de que el Jiu Jitsu seguía siendo una prioridad en mi vida.
Rick Young Black Belt Academy me abrió los ojos a un mundo nuevo. Entrenaba con gente de todas partes: escoceses, polacos, latinos, y el Jiu Jitsu se convirtió en una herramienta de socialización y aprendizaje del idioma. El gimnasio era mucho más grande y había varios cinturones negros. Allí empecé a practicar más No Gi y a descubrir el mundo de los ataques a las piernas. No podría enumerar todas las técnicas que aprendí durante esa época, pero mejoré notablemente, entrenando unas tres veces por semana y complementando con algo de pesas.
Recuerdo un día en el que fui a entrenar con una camiseta de Guiness y Rick Young me llamó la atención -con humor- por hacer propaganda de bebidas alcohólicas. Desde entonces, siempre pensé que el Tatami es un lugar neutral que no debería obedecer a criterios políticos de ningún tipo.
Los primeros meses en Edimburgo fueron duros. Estaba solo, sin dinero, dejando una relación amorosa, y con un inglés limitado. Sin embargo, poco a poco conseguí un trabajo estable como camarero, un lugar donde vivir que me gustaba y un grupo de amigos sólido. El Jiu Jitsu era uno de mis pilares.

En mayo de 2018 volví a competir, esta vez en Glasgow, en Gi y No Gi. En Gi cometí errores que me costaron la victoria, a pesar de haber dominado el combate, pero en No Gi finalicé a mi primer oponente y en la lucha por el bronce perdí en los últimos segundos por un mataleón. Fue uno de los mejores combates que recuerdo.
Un año después de mi escapada a Escocia, regresé a Barcelona. Al reunirme con mi maestro Nacho, me comentó que había mejorado notablemente. Recuerdo que por aquellas épocas di mi primera clase. En diciembre de 2018, tras una competición en la que perdí en primera ronda, me graduaron a cinturón morado inesperadamente, tras cuatro años y tres meses de entrenamiento.
Cinturón morado
Después de varias idas y venidas, alcancé el cinturón morado, considerado como el «nivel medio» en el Jiu Jitsu. Para entonces, mi técnica estaba consolidándose y me encontraba entre los alumnos más avanzados de las clases. Cuando llevas tiempo practicando algo te vas dando cuenta de que la mayoría de gente abandona. Los hobbies suelen durar poco tiempo.
Es realmente difícil mantenerse perseverante, sea por motivos laborales, lesiones, familiares o económicos. Pocos lo consiguen. En BJJ hay tasa de abandono en todos los cinturones, no únicamente en el azul. Por eso, en el cinturón morado empecé a adoptar el Jiu Jitsu como algo más parecido a un estilo de vida. Bajo ningún precepto me permitía fallar. Siempre debía entrenar o estar conectado con el BJJ.

Nacho comenzó a pedirme que dirigiera algunas clases ocasionalmente. Era 2019, un año de mucho viaje y ajetreo, pero también de gran evolución. Aunque pasaba semanas fuera de Barcelona, cuando estaba disponible, entrenaba con regularidad cuatro veces por semana, y eso me permitió mejorar significativamente.
En ese periodo, no solo me concentraba en entrenar, sino en cómo entrenar. Al comenzar a dar clases esporádicamente, mi comprensión del Jiu Jitsu se expandió, desatando una fase de creatividad que no había experimentado antes.
Empecé a consumir contenido más avanzado, viendo cómo podía aplicar lo que observaba en competiciones o cursos a mi propio estilo. Incorporé todo tipo de guardias, berimbolos y ataques a las piernas, ampliando mi repertorio de pasajes y sumisiones. Aunque mi estilo seguía siendo flexible y basado en mis largas piernas, mi juego se diversificó mucho.
Empecé a estudiar. Ya no veía únicamente vídeos por entretenimiento. Empecé a crear mi propia base de datos, mi diccionario de técnicas basado en vídeos de Youtube y cursos de BJJFanatics u otras plataformas. Allí entraron en mi vida John Danaher, Gordon Ryan, Lachlan Giles, Craig Jones, entre otros. De cada uno de ellos fui incorporando técnicas.
No existe una arte marcial en el mundo como el BJJ que disponga de tanto contenido online. Es realmente abrumador y conviene filtrar, pero en parte a ayudado a su democratización y al refinamiento técnico del BJJ.
Además, también empecé a leer y a interesarme por una visión más conceptual del BJJ. Me adentré en las teorías defensivas de Priit Mikhelson, consumía el podcast de BJJMentalModels y seguía a la comunidad de BJJ Globletrotters, entre otros. Respecto a libros, leer el Mastering Jiu Jitsu de John Danaher y el RoadMap de Stephen Kesting me abrieron los ojos, y Robert Drysdale me ayudó a desmitificar la historia del arte marcial.
Durante ese año, coincidió que Nacho abría su propia academia, Academia Badalona Jiu Jitsu. Asistí a la inauguración en agosto de 2019, pero poco después volví a viajar y no regresé hasta finales de ese año. Durante ese tiempo, entrené en Bielorrusia y Bulgaria, donde incluso participé en una clase de lucha libre que resultó ser una experiencia enriquecedora. Dichas experiencias están narradas en mi primer libro de viajes, Viaje por la última frontera de Europa.

De vuelta a Barcelona, estuve entrenando con regularidad hasta la llegada del covid. Con las restricciones de la pandemia, estuve dos meses y medio sin entrenar. Cuando las medidas se relajaron en junio de 2020, regresé a los entrenamientos. Luego, por motivos laborales, estuve entrenando un par de meses en Academia Barcelona Jiu Jitsu, y al volver de nuevo a Badalona, empecé a dar clases con más regularidad.
Sin embargo, no es hasta principios del año 2021 que empecé formalmente impartir clases en la academia. Comencé con dos clases semanales, lunes y miércoles por la tarde-noche, y poco a poco fui adquiriendo experiencia como instructor. Las primeras clases fueron complicadas: aunque seguía un formato básico de calentamiento, técnica y sparring, me costaba encontrar un sistema coherente que transmitir a los alumnos. Con el tiempo, junto a Nacho, desarrollamos una estructura más organizada, planificando semanas temáticas para dar consistencia al aprendizaje.

A medida que mis clases mejoraban, mi pasión por el Jiu Jitsu seguía creciendo. Me convertí en un nerd del BJJ, con un interés insaciable por aprender y enseñar. Mis clases se convirtieron en un campo de experimentos, probando nuevas técnicas y enfoques, algo esencial para cualquier cinturón avanzado. Podría afirmar que desde el cinturón morado he dedicado prácticamente las mismas horas al entrenamiento que al estudio y a la visualización de combates. O incluso más a estas dos últimas.
Simultáneamente, en ese periodo de mi vida, me consagré también como aspirante a escritor, publicando mi primer libro y editando otros dos. También me reciclé a programador en tiempo récord y me independicé. Además, decidí lanzar el proyecto GuardiaBJJ, un blog especializado en Jiu Jitsu en español. La idea era crear artículos largos y detallados, ya que no había demasiada competencia en ese formato. GuardiaBJJ se convirtió en un recurso clave para mi propio aprendizaje, consolidando mi conocimiento sobre posiciones, sumisiones, historia, reglas y mucho más.
Cinturón marrón
El cinturón marrón, que obtuve en mayo de 2022, ha sido probablemente el que más he disfrutado. Me llegó en un momento más maduro de mi vida: con casi treinta años, tenía estabilidad en mis relaciones y un entorno familiar sano. Profesionalmente, estaba haciendo crecer mis carreras y alcanzando un equilibrio que me permitió dedicarle más tiempo a lo que me apasionaba.

El proyecto de GuardiaBJJ se consolidó después de mucho esfuerzo y dedicación, convirtiéndose en líder dentro de su nicho. Actualmente, recibo unos 300 usuarios diarios, lo que equivale a 30.000 visitantes mensuales. Además, lancé una newsletter que ya cuenta con 800 suscriptores, conseguí un pequeño patrocinio y mantengo un Instagram donde divulgo contenido cada vez más profesional.

Por otro lado, Academia Badalona Jiu Jitsu creció tanto en número de alumnos como en nivel, y nuestros programas mejoraron notablemente, algo que me llenó de orgullo. Mi interés por competir fue disminuyendo, aunque no descarto hacerlo en un futuro. En su lugar, tuve una especie de revelación: mi papel en el BJJ sería el de profesor. No aspiraba a ser el mejor, sino a ser un buen profesor, con un vasto conocimiento que pudiera transmitir a mis alumnos y lectores.
Durante esa época, en la que viajé con menos afluencia, pude seguir teniendo alguna experiencia internacional, como en Tánger (Marruecos) o en Rishikesh (India), donde me animaron a dar la clase por ser un cinturón avanzado. Y lo hice encantado.
A medida que avanzaba en el cinturón marrón, mi enfoque cambió. Esa creatividad desenfrenada que tenía como cinturón morado desapareció, y decidí centrarme en dos cosas: afinar las posiciones básicas, mejorando cada detalle, y trabajar en los aspectos de mi juego donde sentía que flaqueaba. Una de las primeras preguntas que me hice fue: “¿Realmente sé hacer un buen control lateral (100 kilos)?”. Mi respuesta inicial fue un rotundo sí, pero al estudiar más a fondo, me di cuenta de los numerosos detalles que estaba dejando pasar. Empecé a perfeccionar esas técnicas clásicas, revisándolas paso a paso.
Por otro lado, también mejoré mi Wrestling & Judo, mis ataques a las piernas, scrambles, y ataques y defensas desde tortuga y espalda. Desarrollé un pasaje sólido de media guardia y comencé a combinar las toreadas con otros pasajes, incorporando un estilo con mucho movimiento de piernas, high steps, y transiciones más fluidas. En este cinturón, finalmente entendí lo que significa aplicar presión en el Jiu Jitsu, no solo en términos de fuerza, sino también en la secuencia de ataques, en el uso de la cabeza, y en la forma de distribuir el peso eficientemente.

El cinturón marrón me consolidó como un profesor más organizado y con hambre de conocimiento, alguien que podía servir de ejemplo para los jóvenes, aunque algunos ya me superan 😊. Como luchador, aprendí a valorar las técnicas básicas y la importancia de la presión. Afiné mi BJJ.
Cinturón negro
Empieza una nueva etapa. Mi aspiración es seguir entrenando, enseñando y transmitiendo los conocimientos adquiridos durante todo este tiempo.

En todo este tiempo he conocido a luchadores increíbles, tanto en Barcelona como en otros rincones del mundo, y a muchos de ellos los puedo considerar amigos.

Seguramente, el mayor punto de inflexión fue la posibilidad de enseñar cuando era cinturón morado, lo que me animó a tomarme el deporte y su enseñanza más seriamente. Aunque todo cinturón ha tenido su función.
Nunca tuve un gran espíritu competitivo ni entrené de forma obsesiva, pero casi siempre he sido un estudioso del arte, y he intentado integrar cada nueva técnica y conocimiento a mi juego, así como transmitirlo a mis alumnos.
Otro aspecto a comentar es que apenas he tenido lesiones, más allá de un intercostal en mis épocas de azul. El haberme mantenido alejado de las competiciones ayuda, pero también lo hace el tratar de luchar más eficientemente, no ser un bruto y aceptar las derrotas. Tampoco tengo orejas de coliflor.
El cinturón negro o no me convierte en una máquina de matar, ni me hace invencible ni una “arma blanca”, sino que reafirma que el aprendizaje nunca se detiene. El Jiu Jitsu es un estilo de vida.
Mi más sincero agradecimiento a mi maestro y amigo, Nacho Ortega, y a todos los compañeros de lucha que han formado parte de este camino.


Hola Martín.
Me ha encantado el post. Genial! Eres un tipo grande!
Saluda a Nacho y al resto.
Osss.
Gracias por tus palabras, Alfonso. Un saludo a ti también. Oss